Un pequeño homenaje a una defensora de derechos humanos, a una gran
compañera, a un ejemplo infatigable de dignidad. Una persona que
nunca se rindió. In memoriam Giulia Tamayo. Descansa en paz.
Conocí a Giulia Tamayo a finales de febrero de 2003,
cuando me presenté al proceso de selección de responsable de prensa de
Amnistía Internacional. Yo tenía 27 años, una chaqueta de pana, un
montón de artículos bajo el brazo, unos nervios incontrolables y muchas
ganas de trabajar en derechos humanos.
Ella era la responsable de Campañas de la organización y formaba parte de las personas que iban a entrevistarme.
Giulia me recibió con una mirada profunda y cálida, casi maternal,
capaz de enternecer a cualquiera y me dio toda su confianza sin apenas
pronunciar una palabra. En la entrevista, también estaban el Director de
Amnistía Internacional, Esteban Beltrán, y la entonces presidenta, Eva
Suárez-Llanos, que me acribillaron a preguntas durante casi dos horas
sobre mi experiencia laboral, mis intereses y qué sé yo qué más vainas.
Fueron los ojos indígenas de Giulia los que me dijeron:
“sigue, sigue, vas bien, demuestra lo que vales”. Yo tenía 27 años y
comenzaba a trabajar en la organización de derechos humanos más
importante de España.
A partir de ahí, fueron muchas las anécdotas y las lecciones de Giulia, dentro de su
caótico-desorden-organizado-solo-sabe-ella-cómo. De las últimas,
la recuerdo sentada en el suelo de su despacho, rodeada de papeles,
buscando los datos de su última investigación sobre los desalojos
forzosos en la Cañada Real. O poco antes de reunirse con la alcaldesa Ana Botella para tratar el
caso de Shakira, una niña con cáncer que residía en una furgoneta en el poblado de Puerta de Hierro de Madrid.
O aquella navidad de 2007, cuando salió a la luz
la ley de Memoria Histórica y
los días previos, con las prisas y los trajines, y la decepción que nos
causó la ley, después de años de trabajo (Giulia hizo el primer informe
de Amnistía Internacional sobre
víctimas de la guerra civil y el franquismo en 2005), estuvimos a punto de no tener nochebuena, porque
Giulia no aprobaba el comunicado de respuesta ni a tiros y mi compañera María del Pozo y yo queríamos irnos a casa con nuestras familias.
Qué decir de la satisfacción de Giulia cuando nos contó lo que que sintió el 10 de diciembre de 2007 en Lima, durante el
macrojuicio a Fujimori. O cuando lanzamos
la campaña contra la violencia hacia las mujeres que tanto impulsó en España.
Y la lucha que lideró por la aplicación de la jurisdicción universal en
nuestro país. El caso Pinochet, el caso Couso, el caso Garzón.
Tantos nombres, tantas entrevistas a las que la acompañé. Tantos cigarros que nunca dejó de fumar, tantos
rones que
bebía de a poquito o aquellas bayas chinas que le dio por comer a última hora como si fueran pipas.
Y luego el cáncer, ese cruel enemigo, al que venció en un primer momento y que solo la mantuvo fuera de juego un tiempo.
Recuerdo la fuerza con la que volvió, con un pañuelo pirata anudado en la cabeza y
más cañera que nunca, quizá consciente de que la vida le brindaba otra oportunidad. Tenía tantas cosas por hacer
.
Giulia fue entonces la investigadora por excelencia de Amnistía Internacional.
No se dejó intimidar nunca. Tampoco se rindió. Convivió con el cáncer,
igual que convivió toda su vida con el peligro: sin importarle
demasiado.
Estudió derecho en su ciudad, Lima, y desde el principio abogó por las causas sociales, dando a apoyo a presos, campesinos, mujeres y colectivos populares.
En 1984 formó parte del Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán, la
primera organización feminista de Perú y de toda América Latina.
Defendió a mujeres maltratadas y a sus hijos.
Después fue la investigadora encargada por CLADEM (Comité de América
Latina y el Caribe para la defensa de los Derechos de la Mujer) del
trabajo sobre violencia contra las mujeres en los servicios públicos de
salud y el programa de esterilización quirúrgica en Perú. Por esta
investigación, fue victima de acciones intimidatorias y amenazas de
muerte desde 1997. En aquel tiempo,
Amnistía Internacional entró en su vida con una acción urgente para protegerla.
Giulia vivía entonces entre dos fuegos, paramilitares en connivencia
con el gobierno peruano y el grupo armado Sendero Luminoso. En una de
sus piernas llevaba metralla tras ser víctima de un atentado.
En 2001 tuvo que dejar Perú para salvar su vida y se exilió en España,
donde se estableció, con algunas interrupciones, como la que le llevó a
investigar durante varios meses los numerosos casos de violencia sexual
contra mujeres en la República Democrática del Congo o el uso de la
violación como arma de guerra en varias partes de Colombia, trabajos todos que han contribuido a hacer públicas violaciones y abusos de derechos humanos.
Hace un año se trasladó a Honduras, para trabajar
nuevamente sobre el terreno, en defensa de los derechos humanos, ya
fuera de Amnistía Internacional contractualmente, pero no moralmente.
Giulia apagaba siempre las luces de nuestra oficina. Era la última en irse. Y hoy ha sido la primera en marcharse, a sus 55 años muy bien vividos y exprimidos.
Ocurrió de madrugada, en Uruguay, donde fue a buscar su último remanso
de paz. Como nos ha escrito su inseparable compañero, Chema: “El
afortunado puñado de polvo de estrellas que fue animado por Giulia en un
airoso cuerpo de mujer, durante 55 años y casi 9 meses, es ahora un
montoncito de enamoradas cenizas”. Te queremos, Giulia. Y no te
olvidamos.